El otro día iba caminando por la calle cuando pasé cerca de la salida de un colegio. Era por la tarde, un Viernes cualquiera, y un gupo de familias y niñ@s volvían a sus casas o donde quiera que fuesen. El caso es que lo típico a la salida del colegio es llevar la merienda a l@s peques para reponer la gran cantidad de energía que queman en la escuela.
Yo observaba y analizaba: 7 niñ@s caminando detrás de l@s adult@s que iban conversando y cada niñ@ con su merienda. De los 7, 6 merendaban un zumo de brick prefabricado y tan solo una niña iba retrasada, entretenida con una bolsa de llamativas cerezas, disfrutándoselas mientras sus amiguitos chuperreteaban las pajitas de plástico con sus "nutritivos" zumitos.
Aquella escena me hizo pensar y mucho, me dije, "mira, ahí va la salud del futuro" y no pude evitar pensar que la única que probablemente se salvase fuera la última niña. Claro está, no conozco los hábitos de casa de cada un@ de ell@s, pero el caso es que me hizo reflexionar sobre nuestro sistema sanitario.
Es genial disponer de un sistema de salud público que garantice la asistencia sanitaria a toda la población, de no ser así, probablemente muchas personas no podrían tratarse miles de enfermedades. Ahora bien, para que este sistema funcione los contribuyentes debemos trabajar y aportar parte de nuestros sueldos en impuestos que benefician a este sistema. Es decir, tu , yo y otro@s trabajamos para poder pagar la asistencia sanitaria que tu, yo y otros reciben, trabajen o no, porque sabemos que no todo el mundo tiene un sueldo y un trabajo que le ayude a subsistir, tristemente.
El artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece que todo ser humano tiene derecho a asistencia médica.
Todas las personas podemos sufrir enfermedades a lo largo de nuestras vidas y necesitar dicha asistencia médica. Ahora bien, se sabe que la salud dependerá de muchos factores: hábitos alimenticios, actividad física, contaminación, carga genética, accidentes, entre otros. Y aquí es donde entraba mi reflexión: si todo ser humano tiene DERECHO a asistencia médica, aquí, en nuestro país, que dicha asistencia se paga con impuestos de los contribuyentes, yo como beneficiaria de dicho sistema de salud tengo la OBLIGACIÓN de cuidarme y llevar unos hábitos de vida saludables de modo que minimicen las posibilidades de enfermar para que el dinero que otros aportan se invierta en casos de pacientes que aún habiéndose cuidado han enfermado debido a otras causas. Tengo la OBLIGACIÓN de transmitir los conocimientos necesarios a las personas a mi cargo en materia de salud y el DERECHO a formarme en dichos temas para garantizar que nuestro sistema de salud pública sea justo y atienda a los casos que verdaderamente no se pueden evitar.
Aquí continuaba con mi reflexión personal. En mi caso, el sistema de salud pública no pudo ayudarme ni tratarme para curarme de mis patologías debido a que nuestro sistema tiene muchas limitaciones de recursos personales y económicos. Las pruebas que detectaron el origen de lo que estaba sufriendo no entran en las prestaciones básicas del sistema de salud, ni tampoco hay personal formado para ello, es más, constantemente se trata a este personal de pseudocientíficos cuando hay miles de estudios científicos que avalan sus prácticas.
Durante 3 años he estado reequilibrando mi salud gracias a grandes profesionales que no pertenecen al sistema de salud público, desgraciadamente, lo que me ha hecho invertir unos 4000€ que nadie ha financiado, sino mi propio trabajo y esfuerzo laboral en pruebas y analíticas que se negaron a realizarme por no estar subvencionadas y su tratamiento médico. Yo, que contribuyo mes a mes al sistema de salud público, no he tenido derecho a una prestación sanitaria de calidad y durante 10 años he ido empeorando hasta poner en peligro mi vida. Yo, que soy afortunada y ahorradora, he podido costearme los tratamientos que me han devuelto la salud, pero desgraciadamente, muchas personas en mi misma situación o situaciones mucho peores no disponen de los recursos necesarios ni conocen la existencia de dicha posibilidad, con lo que o bien mueren o llevan una vida llena de dolencias y patologías o sufren innecesariamente.
El caso es que me pongo a pensar que, al final, aún estando contribuyendo al sistema de salud pública, he tenido que invertir gran cantidad de mi sueldo para curarme y que, quizás, si todas las personas se preocupasen de cuidarse, de llevar unos hábitos de salud adecuados, si hubiese formación pertinente al respecto, muchas enfermedades se evitarían y, quizás, sí hubiese dinero para costear estos tratamientos que hacen tanta falta a tantos miles y miles de personas. Quizás así, la sanidad no estaría tan colapsada y nuestro nivel de vida sería de mayor calidad.
Por todo ello pienso que si mi obligación es contribuir y mi derecho recibir la prestación, también es mi obligación cuidarme, para que los fondos destinados a ayudar a sanar a otras personas no se desperdicien en patologías que podrían evitarse fácilmente.
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